Efecto crecimiento más distribución progresiva. ENTRE 2003 Y 2009 SE DUPLICO LA CANTIDAD DE ARGENTINOS QUE PERTENECEN A LA CLASE MEDIA, SEGUN EL BANCO MUNDIAL


El estudio señala la positiva evolución socioeconómica de Latinoamérica, pero con rasgos más marcados en Argentina. La clase media abarcaba el 24 por ciento de la población en 2003 y pasó a 46 en 2009: de 9,3 millones de habitantes a 18,6 millones.



La clase media argentina se incrementó de 9,3 a 18,6 millones de personas entre 2003 y 2009, una suba que en términos relativos a la población total es la más importante de la región, seguida por Brasil, Uruguay y Colombia, informó ayer el Banco Mundial. Según detalló a Página/12 el economista jefe para América latina de esa entidad, Augusto de la Torre, en 1995 la clase media representaba el 38 por ciento de la población argentina, en 2003 bajó al 24 por ciento y en la actualidad es el 46 por ciento (ver aparte). La tendencia al crecimiento de los sectores medios se repite en la región, donde se registró desde 2000 una suba de 103 a 152 millones de personas en esa condición. Explican la evolución destacada del caso nacional las políticas de redistribución del ingreso, el crecimiento económico y la inusitada destrucción de las capas medias que produjo la crisis de 1998-2001, lo que determinó que el “punto inicial” fuera muy bajo.
Para el Banco Mundial, el 30 por ciento de la población de América latina pertenece a sectores pobres, un 38 por ciento a “vulnerables”, un 30 por ciento a la clase media y el 2 por ciento restante son ricos. De 1995 a 2010 la pobreza bajó del 44 al 30 por ciento. En tanto, el 40 por ciento de los hogares ascendieron de “clase socioeconómica”. La mayoría de los pobres que ascendieron no se integraron directamente a la clase media, sino que pasaron a formar parte de los “vulnerables”, que actualmente es el sector social más numeroso de la región. El porcentaje de pobres igualó al de la clase media, cuando hace diez años era 2,5 veces superior. Los datos surgen del informe “La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América latina”, que fue presentado ayer.
Para el Banco Mundial, una familia de cuatro miembros pertenece a la clase media si su ingreso anual está entre el equivalente de 14.600 dólares y hasta 73 mil dólares a precios de 2005 (entre 10 y 50 dólares por día per cápita). Este nivel de ingreso proporciona “una mayor capacidad de recuperación ante eventos inesperados y refleja una menor probabilidad de volver a caer en la pobreza”, indica el organismo multilateral. Los sectores “vulnerables” reciben por día entre 4 y 10 dólares per cápita y los segmentos pobres, menos de cuatro dólares diarios.
La clase media creció de 103 a 152 millones de personas en la región y de 9,3 a 18,6 millones en la Argentina. La mejora, de 9,3 millones de personas, representa el 25 por ciento de la población total. El avance que se produjo en Brasil fue del 22 por ciento, seguido por Uruguay (20 por ciento) y Colombia, con el 16 por ciento. El desempeño destacado del caso local se explica porque el crecimiento económico y la redistribución del ingreso a través de impuestos y subsidios aportaron casi en partes iguales para generar ese resultado. En otros países, el peso del crecimiento resultó mucho mayor, sin tener tanta importancia la acción redistributiva. La mejoría argentina también tiene que ver con el piso muy bajo del cual se parte, luego del fuerte deterioro que los sectores medios sufrieron en la crisis de 1998-2001 que signó el fin de la convertibilidad.
“La experiencia reciente en América latina y el Caribe le muestra al mundo que se puede brindar prosperidad a millones de personas a través de políticas que encuentran un equilibrio entre el crecimiento económico y la ampliación de oportunidades para los más vulnerables. Representa un cambio estructural histórico”, señaló Yong Kim, y agregó que “se debe a las políticas implementadas por los gobiernos”.
Otro resultado que destaca el Banco Mundial se verifica en Brasil, que da cuenta del 40 por ciento del crecimiento de la clase media en la región. En Colombia, el 54 por ciento de la población mejoró su nivel económico entre 1992 y 2008 y en México el 17 por ciento de la población se unió a la clase media entre 2000 y 2010. En cambio, la institución advirtió que el avance fue mucho menor en Guatemala y Paraguay.
“Lamentablemente, a pesar del movimiento ascendente de los ingresos a lo largo de la vida de una generación, la movilidad intergeneracional sigue siendo limitada en América latina”, advierte el informe, lo que implica que el origen económico y social de los padres sigue jugando un papel sustancial para definir el futuro económico de los hijos.
A nivel cualitativo, el Banco Mundial explica que en América latina los jefes y jefas de hogar de clase media tienen más años de escolaridad que los sectores pobres, tienden a vivir en zonas urbanas y es más probable que sean empleados formales que autoempleados, desempleados o empleadores. En términos sectoriales, se encuentra con mayor frecuencia la clase media dedicada a los servicios como salud, educación y servicios públicos y la manufactura. El tamaño promedio del hogar es de 2,9 individuos.

ENTREVISTA A ROBERTO PIANELLI “¿Por qué no antes?”




Por Laura Vales
“En un sentido es positivo porque los subtes tienen que estar a cargo de la Ciudad. En otro, todos nos preguntamos por qué no se hizo cargo antes, hace ocho meses. Nos hubiera ahorrado el año más conflictivo de nuestra historia”, dijo Roberto Pianelli, secretario general de los metrodelegados, tras el anuncio de Mauricio Macri. El sindicato venía haciendo campaña en favor del traspaso. Sin embargo, lo que vendrá es una relación difícil con el jefe de Gobierno porteño. Los metrodelegados no tienen ninguna sintonía política con el macrismo y ya han tomado medidas contra sus decisiones –como el aumento de la tarifa, cuando armaron una multisectorial que levantó molinetes y llevó el caso a la Justicia–. Ayer Macri también salió a marcarles el terreno y acusó a los gremios de “haber dañado al subte con tantos paros”.
–¿Cómo recibió esa crítica?
–Lo que Macri se olvidó de decir es que este año tuvimos una paritaria enrarecida por la decisión voluntaria que tomó de aceptar el subte y al mes siguiente devolverlo. Ahora, que Macri no se lleva bien con los trabajadores es algo que todos sabemos; hoy lo volvió a demostrar.
–En la conferencia de prensa no descartó otro aumento del boleto. ¿Cree que lo hará?
–Subir el boleto para lo único que serviría sería para bajar la cantidad de usuarios. El aumento de la tarifa que hizo en enero generó que 300 mil pasajeros diarios hayan migrado a otros transportes. Si él vuelve a aumentar la tarifa, va a quedar un subte para turistas y para jerarcas. Este es un servicio público, no se puede manejar como una fábrica de botones, ni tiene que ser restrictivo para los sectores más populares, porque un servicio público tiene una ganancia adicional que es lo que gana la sociedad que lo utiliza.
–¿En cuánto debería estar el boleto en relación con el de colectivo?
–Al mismo nivel, para que el usuario tenga equidad en las opciones. En realidad, lo que tiene que hacer Macri es buscar fuentes de financiamiento para poder subsidiar el pasaje.
–¿Puede funcionar sin los subsidios de la Nación?
–Es toda una discusión que tiene que ver con la rentabilidad de Metrovías. Metrovías es muy rentable. Entonces si se discute, en medio de esto, la rentabilidad de la empresa, por qué la empresa gana lo que gana, y si en base a eso se ajusta donde hay que ajustar, que es en las hiperganancias empresariales, habría una vía. Lo primero que hay que rever es eso. Después, en todos los países se subsidia a los medios de transporte. Hay diferentes mecanismos. Hay sociedades que tienen impuestos al patentamiento de los autos, o a su ingreso, otra sería a las ganancias de las empresas.
–Metrovías plantea que tiene déficit.
–Metrovías dijo toda la vida que tiene déficit, pero el año pasado repartió dividendos. Aparte todos sabemos, porque está la denuncia que ha hecho el informe (del diputado Rafael) Gentile, que tiene ganancias por la tercerización, a través de empresas que son del propio grupo Roggio.
–Macri repartió las culpas del mal estado del subte entre el gobierno nacional, la empresa y los gremios. ¿Qué diagnóstico hacen ustedes?
–En primer lugar, el subte no funciona bien porque hay un contrato de concesión hecho en la década neoliberal que tiene todos sus puntos en beneficio de la patronal y que hasta ahora no se ha modificado. La segunda cuestión es que si el subte no tiene la extensión que tiene que tener ni trenes nuevos es porque Sbase (la empresa de subtes del Estado porteño) no los ha comprado, siendo la responsable de tener que hacerlo. Inclusive con la inauguración que hizo el ingeniero Macri de la línea H (una línea que no fue hecha por él sino por el gobierno anterior), la inauguró con trenes de 70 años. Entonces, él es parte responsable de que el subte esté en una situación deficitaria. El tuvo esa responsabilidad desde el primer día que asumió, no nos olvidemos de que hizo campaña diciendo que solamente un idiota no podía hacer 13 kilómetros por año.
–¿Está tan mal el subte como plantea?
–Según en relación con qué. Si Macri dice que el subte está como el ferrocarril Sarmiento, está diciendo una barbaridad. Nosotros dimos una pelea rabiosa para que se hicieran los trabajos de infraestructura, esto es lo que él no reconoce, una pelea que nos llevó a estar 40 días en conflicto y a que nos iniciaran juicios. Pero claro que hay problemas de mantenimiento, en la línea A tenemos formaciones de noventa años, en la H de setenta. A esos trenes, evidentemente, habría que haberlos pasado a retiro hace rato.

Y llegó un día en el que Macri se hizo cargo. LUEGO DE MESES DE NEGATIVAS, EL JEFE DE GOBIERNO ANUNCIO QUE ACEPTABA EL TRASPASO DEL SUBTE


En una rueda de prensa, Macri lo justificó con críticas al gobierno nacional. Anticipó que enviará un proyecto de ley a la Legislatura, aunque no dio detalles de su contenido. Tampoco anticipó la tarifa que tendrá el servicio.



Por Werner Pertot
Y un martes 13 Mauricio Macri finalmente aceptó el traspaso del subte. El jefe de Gobierno dio una conferencia de prensa en la que, contra todas sus afirmaciones previas, admitió que era su responsabilidad hacerse cargo de la red de subterráneos. “No nos quedaba otra frente al autoritarismo y la negligencia del gobierno nacional”, se justificó. El líder del PRO esquivó las preguntas sobre si dispondrá un nuevo aumento de tarifa, algo que en Bolívar 1 dan por seguro. En su momento habló de 5,50 pesos. Ayer anunció que presentará un proyecto de ley ante la Legislatura, pero no dio detalles sobre si incluirá subsidios al subte y si impulsará para financiarlo la creación de nuevos impuestos a los combustibles o la suba de patentes y peajes. Se trata de alternativas que se venían discutiendo. Cerca de Macri sostuvieron que analizan también ir a la Justicia por las inversiones que le exigen al gobierno nacional.
Macri no quiso dar detalles sobre el proyecto, pero dijo que requerirá 31 votos y pidió la colaboración de los opositores. El artículo 81 de la Constitución porteña indica que la Legislatura requiere mayoría absoluta para aprobar impuestos o autorizar la emisión de deuda. Desde la oposición porteña había expectativa ante la falta de información sobre qué contendrá ese proyecto de ley. El hermetismo con el que manejaron el anuncio –diversos funcionarios se lo negaron el lunes a este diario– se trasladó ahora a los detalles del proyecto.
En los últimos tiempos, el titular del Sbase, Juan Pablo Piccardo, y el subsecretario de Transporte, Guillermo Dietrich, estuvieron evaluando un paquete de alternativas, que incluyen subir los impuestos de patentes y la tarifa de AUSA para financiar el subte, crear un impuesto a los combustibles (que implicaría un aumento en todas las estaciones de la Ciudad) similar al que dispuso en Córdoba José Manuel de la Sota y un aumento de tarifa que está por verse. Macri sostuvo que el valor sin subsidios debería ser de 5,50 pesos. El problema es que si el valor se separa mucho del precio de los colectivos el subte se desfinanciará por la migración de pasajeros. En el proyecto de ley, también estarían interviniendo algunos legisladores PRO como Martín Ocampo.

Un año bajo la tierra

La disputa entre el gobierno nacional y el de la Ciudad por el traspaso de los subtes lleva casi un año. A fines de 2011, Cristina Fernández de Kirchner anunció que iba a traspasar la red de subterráneos, a lo que Macri respondió que necesitaban tiempo. En enero firmaron un acta-acuerdo por la que se transfirieron la potestad de fiscalización y control y la tarifaria. Macri la aplicó para subir el precio del pasaje de 1,10 a 2,50. Tras la tragedia de Once, en la que murieron 51 personas, rechazó el traspaso y los dos gobiernos se cruzaron denuncias judiciales. En agosto, el conflicto se trasladó a las paritarias y la disputa llevó al paro más largo en la historia del subte porteño.
Durante todo el año, Macri y sus funcionarios negaron que la Ciudad tuviera relación alguna con el subte. Le atribuyeron todos los problemas de desfinanciación y de infraestructura al gobierno nacional que, a su vez, planteó que el subte ya estaba en manos de la Ciudad. Ayer el jefe de Gobierno buscó cubrir la contradicción con críticas al kirchnerismo. Le reclamó los avales para endeudarse y dejó en claro que no renunciará a su exigencia de 10 mil millones de pesos en inversiones, por lo que podría ir a la Justicia. En la gestión PRO sostenían que no hay negociación con el gobierno nacional. Y que les avisaron del anuncio de Macri poco antes de que lo vieran por televisión.
La sorpresa fue la misma para parte de los legisladores macristas. Comandados por Cristian Ritondo, acababan de salir de una reunión con los metrodelegados en la que les anticiparon la medida cuando les llegó la noticia del anuncio y partieron raudos al palacio de Gobierno, donde se reunieron diputados –Gabriela Michetti estaba en primera fila– y el gabinete en pleno para escuchar a Macri.

Dudas con la tarifa

Con una expresión dura, Macri inició la conferencia con una retahíla de cuestionamientos al gobierno nacional, al que culpó por el fracaso de las negociaciones. “Había una voluntad de castigar a los que no votaron al oficialismo”, insistió el líder de PRO, quien aseguró que el paro fue “estimulado por el gobierno nacional”. Hizo público que encargó una auditoría al Metro de Barcelona, que seguramente el macrismo difundirá en los próximos días para apuntalar su estrategia. “El subte funciona mal, como parte de una mala gestión del gobierno nacional. Después de la tragedia de Once, la Presidenta no hizo una autocrítica sobre la corrupción y la falta de inversión”, afirmó Macri. Y dijo que el informe español confirma “el proceso de deterioro acelerado, especialmente de la línea A”. La empresa Metrovías le insistió al gobierno porteño durante buena parte de este año para que transfiriera los fondos nacionales con los que podía arreglar formaciones. Finalmente, un fallo de la Justicia obligó a los macristas a aceptar ese dinero.
“El gobierno nacional no tiene ningún interés en negociar. No tiene problema en poner a la gente como carne de cañón –dijo Macri al llegar al momento más complejo de su discurso, cuando debía admitir que aceptaría el subte–. Hemos llegado a la conclusión de que si no nos hacemos cargo del subte, lo que viene va a ser peor.” “La Presidenta está dispuesta a que, con una nueva paritaria, el subte se pare para siempre”, dijo Macri, que pasó por alto que no está resuelta ni siquiera la paritaria actual.
“He decidido que debemos iniciar el proceso para hacernos cargo del subte”, anunció, ante los aplausos de sus funcionarios. Relató que enviará un proyecto de ley a la Legislatura que, según dijo, todavía no terminaron de escribir. Luego se escabulló ante las preguntas sobre el aumento de tarifas: “Es un tema muy complejo, no nos apresuremos”, afirmó.
“Vamos a ser muy exigentes con la concesionaria y con los gremios, que no son los dueños del subte”, anunció Macri los nuevos conflictos que vendrán. La empresa del Grupo Roggio aseguró que tomará el traspaso con “actitud positiva” y recordó que el subte es seguro, a diferencia de lo que dice Macri. El metrodelegado Roberto Pianelli consideró que la decisión la tendría que haber tomado en enero de este año.

Estalló el verano - Una corresponsal mexicana –ni argentina ni kirchnerista- cubrió la marcha


Una corresponsal mexicana –ni argentina ni kirchnerista- cubrió la marcha opositora para su agencia de noticias. Desde la calle escribió un posteo en Facebook en el que se podía leer una mirada extranjera pero compleja y despojada de los manifestantes, de sus intenci
 ones, de sus pedidos. Aceptó entonces el convite: contarlo todo en una crónica urgente que Anfibia publica hoy junto al ensayo de fotografías de un grupo de reporteros paranoicos por las amenazas recibidas –por Facebook—de los temibles nuevos militantes del verano.


Por: Cecilia González. (REVISTA ANFIBIA)


Hay mucha gente. Mucha y muy enojada.
Algunos son muy viscerales. Me cuido de no generalizar porque eso es lo primero que le critico a muchos medios. No puedo hablar de “la gente” que fue al cacerolazo, sino sólo de las personas con las que yo hablé y a las que vi. No fueron pocas, pero no fueron todas.

Son las siete de la tarde y empiezo a caminar desde Chile y la Avenida 9 de Julio rumbo al Obelisco. Mientras me sumo al cada vez más abundante oleaje de personas que copan todos los carriles, peleo con mis prejuicios. Es difícil evadir la mirada clasista. Ya sé que voy a ver a gente bien vestida. Ése fue uno de los principales argumentos para que otros descalificaran la marcha anterior, la del 13 de septiembre, la que nos cayó más de sorpresa a todos: al gobierno, a la oposición y a los periodistas: a los argentinos y a los corresponsales extranjeros como yo. La crítica a la imagen fue una tontería. Como si la ropa de marca le quitara a un ciudadano el derecho a quejarse de su gobierno.


Más importante, siento, es que la mayoría de la gente que viene a cacerolear hoy no va a pedir trabajo ni comida. Yo estoy acostumbrada a marchar con y por los pobres, los grupos minoritarios y discriminados o las víctimas de alguna masacre en mi país, así que las multitudes que se concentran hoy en Buenos Aires, sus demandas y su manera de expresarlas, no me generan mayor empatía. Casi más bien lo contrario.
Sí, tengo prejuicios. Pero voy a tratar de hacerlos a un lado para ejercer como corresponsal, lo que hago en la Argenitna hace diez años, desde pocos meses antes de que Néstor Kirchner llegara a la Casa Rosada. He vivido, reporteado y contado el kirchnerismo desde el principio. Hoy, aquí, muchos rezan, literalmente, por su final.







Llego al cruce de la 9 de Julio y Avenida de Mayo y veo a una señora que carga un cartel en el que exige “Respeto a la Constitución”. Vino a rechazar la segunda reelección de Cristina que tanto se discute en los medios, aunque todavía no hay ningún proyecto oficial en el Congreso.
— Yo ya quiero que esa señora se vaya—, me dice.
— Pero fue electa para gobernar hasta el 2015, ¿no está usted pidiendo respeto a la Constitución?
—¡Ah, sos kirchnerista! No hablo más.
Se da la vuelta, me mira con desconfianza y apresura el paso. Le susurra algo al oído a la amiga que la acompaña. La amiga voltea a verme, enojada. Se van.



En medio de la Avenida, un hombre sentado. Tiene una camiseta roja con un mensaje sin lugar a interpretaciónes y de vieja usanza: “Yo voy a votar a las putas. Me cansé de votar a sus hijos”.




Camino cada vez más lento, porque cada vez hay más gente. En la esquina de Corrientes escucho a una adolescente que está junto a sus padres. Los tres agitan banderitas albicelestes de plástico. La madre lamenta no haber llevado una olla.
—¿Después a dónde nos vamos a ir a cenar?
—Ya hicimos la reserva—, la tranquiliza el padre. No alcanzo a escuchar dónde celebrarán su participación en una marcha en la que, según la pancarta que llevan, vinieron a pedir “Que Argentina no sea Venezuela”.
Pero los restaurantes y teatros están llenos, la ciudad late, muy lejos del estado de duelo en el que la conocí en 2002.


Me acerco a otro señor que tiene los ojos empañados después de gritar “Libertad, libertad, libertad”.
—Vine porque no quiero que el gobierno presione a los jueces—, me dice, replicando el tema de la semana que colmó las portadas de la prensa opositora.
— ¿A qué jueces está presionando?
— A toda la justicia.
— ¿Sabe algún caso en particular, el nombre de un juez, cómo lo presiona el gobierno?
— No me acuerdo, pero la señora Kirchner tiene a todos amenazados.
— ¿Pero no fue Kirchner el que renovó la Corte Suprema?
— No creo. Acá no hay división de poderes, quieren asustar a los jueces, quieren que todos les tengamos miedo.
No hay caso. Si el señor no sabe cómo llegaron Lorenzetti, Argibay y compañía a la Corte, no hay mucho más para hablar. Sobre todo, si no quiere escuchar.



Mientras camino entre la gente, anoto todo lo que puedo en mi libreta. Muchos me quieren dar una banderita de las miles que se repartieron gratuitamente y que nadie me sabe decir quién las pagó, cómo llegaron las cajas que se distribuyeron estratégicamente en cada esquina sobre la 9 de Julio, desde Belgrano hasta Paraguay.
—Tomá una—, me invita una señora que respetó la consigna de venir vestida por completo de blanco.
Un seco “no” es toda mi respuesta.
—¿Qué hacés acá?, ¿no venís a protestar?
— No, vengo a trabajar. Con permiso.
Me despido, pero la señora me sigue un par de pasos.
—¿Qué tanto anotas?, ¿para quién trabajas?, ¿quién te mandó?
No le contesto y sigo. Alcanzo a escuchar que la señora le dice a un hombre: “fíjate que anota, parece muy rara, no creo que sea periodista, seguro la mandaron del gobierno”.


Un helicóptero sobrevuela el Obelisco. Muchos creen que es la presidenta en su camino de la Casa Rosada a la Quinta de Olivos. Arman un masivo coro con una sola palabra: “Argentina, Argentina, Argentina”. Una joven universitaria llora. Le pregunto por qué.
—Me emocioné porque estoy orgullosa de que la gente, el pueblo, venga a defender la patria de estos ladrones que nos gobiernan y que nos van a destruir.
La autodefinición es una constante. Muchos de los aquí reunidos se refieren a sí mismos como “la gente” y “el pueblo”, los únicos con autoridad para criticar, demandar, protestar.
—¿Y los que apoyan al gobierno, ellos no son “la gente”?—, le pregunto a la muchacha.
—No. Los que apoyan a Cristina son todos unos vendidos. Además, cada vez son menos.



Absolutismo tranquilizador. Si la vida se divide entre buenos y malos, no hay nada más para pensar.os lugares comunes de oficialismo y oposición abundan en esta Argentina polarizada. Hoy es el turno de los opositores. Los temas en los carteles, mantas y pancartas hablan de corrupción, miedo, libertad, ataques a la prensa, inflación, INDEC…


En ningún país existe “la gente”, sino diferentes sectores sociales que siempre van a defender cada uno sus propios intereses. Por eso la masividad y la polarización no me sorprenden, ni me preocupan. Son reflejo de la pugna política que hay en un país polarizado, en un mundo polarizado. Son frecuentes las críticas sobre la supuesta “confrontación” que “sufren” los argentinos y que es promovida por las peleas entre sus dirigentes políticos. A mí no me asustan.


Es gracioso que crean que eso es algo sólo argentino y generado por la forma de gobernar del kirchnerismo. Yo lo veo como parte de un proceso global y como reflejo de sociedades que discuten. Se habla mucho sobre este tipo de dicotomías sociales en Venezuela o Ecuador, para descalificar sus sistemas y sus dirigentes, pero existe en muchos otros países, incluidos los europeos, y el mío.


En México la figura del izquierdista Andrés Manuel López Obrador polarizó a la sociedad en las elecciones de 2006, cuando compitió contra Felipe Calderón, y hace unos meses, en julio, cuando se enfrentó a Enrique Peña Nieto. López Obrador fue declarado perdedor en ambos casos, pero los procesos políticos fueron acompañados por movilizaciones multitudinarias que coparon las principales plazas del país y que dejaron en claro que no hay sociedades uniformes, ni tiene por qué haberlas, como a veces plantean algunos en Argentina.


Las “estrellas” del gabinete son el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y el vicepresidente Amado Boudodu. Sus imitadores entregan billetes falsos a diestra y siniestra alrededor del Obelisco.


Un grupo de señoras reparte al mismo tiempo sonrisas y propaganda de una extraña alianza política denominada “PROA, La otra UCR”. Pienso si será una todavía desconocida unión electoral entre el PRO y los radicales para el 2013. No me suena posible, pero si algo he aprendido en esta década es que, en Argentina, todo es posible. El panfleto convoca a ir al Obelisco “en paz” y le advierte a la imagen de una Cristina Kirchner transformada en CruellaDeville: “No te tenemos miedo”. En otras postales, la presidenta es una reina con corona, pero tipo la bruja de Blanca Nieves.


Una pareja que rondara los 50 años sostiene una manta que demanda: “No al odio que crearon los K”. Los saludo. Les pregunto a qué se refieren.
—Me gustaría que Cristina se muriera—, me dice la señora.
— Eso es muy fuerte, parece que usted también tiene mucho odio.
—Sí, la odio, no la soporto.
No estoy segura de que algunas personas se escuchen a sí mismas cuando hablan.
—Ellos fomentaron el odio y lo consiguieron —continúa. Nadie los quiere. La gente está harta de Cristina. Se tiene que ir. Que se vaya con Néstor, así no lo llora tanto.



Muchas cartulinas tienen mensajes a la defensiva. “No somos golpistas”, aseguran algunas, pero basta hablar con quienes las cargan para que repitan un mismo mensaje: “andate, Cristina”.
Un niño muestra en su pecho un cartoncito con una frase escrita a mano. “Venimos en paz, no somos golpistas”. Le pregunto al padre qué quiere decir.
—Nosotros no vamos a pedirles a los militares que tomen el poder. Eso ya fue. Lo que queremos es que se convoquen a nuevas elecciones para que Cristina se vaya, no la queremos más.



Golpes eran los de antes. De toda la gente con la que hablé, un hombre y una mujer me dijeron que le venían a hacer reclamos al gobierno, pero que querían que Fernández de Kirchner terminara su mandato.
Sigo con mis entrevistas.



—Este gobierno nos falta al respeto, nos acusa de oligarcas, de golpistas, de fachos, sólo somos trabajadores. Nos ofenden. Queremos respeto.
La señora habla de corrido, casi ni respira. Ya que me habla de respeto, le señalo entonces a uno de sus compañeros de manifestación que armó una cartulina polémica, por decir lo menos.
“Cristina, no contengas los pedos porque se te suben al cerebro. De ahí te salen las ideas de mierda”. El mensaje es exitoso. El hombre es rodeado por fans que se ríen, lo felicitan por su ingenio y se sacan fotos con él.
Luego, varios de ellos me dirán lo mismo que la señora anterior: que quieren que “Cristina” (ninguno la llama presidenta) los respete.
— ¿Y a ustedes les parece respetuoso insultar así a una presidenta?
—Ella nos falta más el respeto a nosotros con su corrupción, con su enriquecimiento ilícito. Nos está robando todo, va a vaciar al país.



A todos con los que hablo les pregunto si les reconocen algo bueno a los Kirchner, alguna medida de estos nueve años: la renovación de la Corte, los juicios a los represores, el matrimonio gay. No sé. Algo. No hay nada. No los quisieron, no los quieren, no los van a querer.
Ya son casi las nueve de la noche cuando emprendo el regreso a casa. Tengo que mandar mi nota a México, y escribir también esta. Camino de regreso por la 9 de Julio. Mares de gente siguen llegando.
Me siento bien: avanzo en sentido contrario

FERNANDO BUEN ABAD: "EN EL CONTINENTE HAY OCHENTA LANATAS"

El filósofo de origen mexicano analizó la situación de América Latina. Reflexivo y profundo aseguró que “la arremetida que viene contra Cristina va a ser infernal”. Consciente de las dificultades que acarrea, pero también de la importancia que tendría reclamó una cumbre de presidentes en materia de comunicación y sentenció: “Los monopolios mediáticos están detrás de todos los golpes de Estado que hemos tenido”.


Por Héctor Bernardo (REVISTA 2016)

Entre muchos otros aspectos de su desarrollo académico y profesional, Fernando Buen Abad es doctor en Filosofía, master en Filosofía Política, licenciado en Ciencias de la Comunicación, docente de grado y postgrado en materias de Semiótica, Cine, Producción. En charla con Revista2016, este intelectual de origen mexicano que hoy reside en Buenos Aires habló sobre cómo, desde su campo de estudio, analiza la realidad latinoamericana, la problemática comunicacional de la región, y fue contundente al asegurar que Jorge Lanata “es un calumniador serial”.
-¿Cómo analiza la situación actual latinoamericana?
- Primero hay que decir que yo trabajo desde el campo de la filosofía, y para mí esa palabra es sinónimo de lucha. En ese sentido, entiendo que el concepto de lucha es una categoría fundamental para todos nosotros, por lo que debemos identificarlo y analizarlo donde se presente. Ahí donde haya una expresión de la lucha, ahí donde haya un cauce por donde se libere esa expresión, ahí hay que poner la mirada.
El siglo XX, con el desarrollo de los medios de comunicación, nos ha aportado una experiencia que ha ayudado a enriquecer el estudio de las luchas. Algunos llaman a este escenario “civilización de la imagen”.
-Esas luchas han generado la reacción de los sectores conservadores. Reacción que en algunos casos ha sido muy violenta.
- Esto que defino como los torrentes expresivos de las luchas también ha presionado a los viejos estamentos. El capitalismo todo está en una crisis global. Se están cayendo a pedazos las fórmulas que se consideraban intocables. El modelo económico capitalista ha demostrado su envilecimiento, ha perdido lo que tuvo de revolucionario cuando sacó a la humanidad de la edad media. Hoy ha frenado toda su capacidad de transformadora y se ha vuelto maquina destructora.
Esto se da porque por debajo los pueblos están insatisfechos, porque no puede ser que la riqueza esté tan pésimamente distribuida, que se esté depredando la riqueza del planeta de una manera tan insensible, tan irracional, tan suicida. No es posible que un planeta que es capaz de producir alimento para cuatro veces su población tenga las manchas de miseria y de hambruna que tiene. Y esta crisis estalla producto de la presión de abajo. Presión que se da contra un sistema que de por sí está incapacitado para darle espacio a una gran mayoría.
-¿Esta crisis del capitalismo es terminal o es, como han planteado algunos filósofos, como un árbol que se deshoja por partes y que después vuelve a florecer?
- Soy de los que creen que esta es una crisis terminal. Coincido con la mirada que han expresado Correa, Chávez y Evo en el sentido de que esto no tiene compostura. No es que sea una parte del sistema lo que anda fallando, es el sistema mismo el que no tiene posibilidades de sobrevivencia. En su propia lógica está contenida su incapacidad de sobrevivencia. El punto es que no se cae sólo y eso es muy claro, hay que tener la capacidad organizativa, hay que tener la capacidad política, hay que saber salir de esta crisis de dirección revolucionaria que la humanidad padece. Todavía el traccionarse, el sectarismo, la atomización de la fuerzas son nuestra enfermedad más grande.
Los pueblos que han logrado un mínimo de cohesión son los que están dando el ejemplo de por dónde se puede avanzar.
-¿Esas crisis terminales, no suelen provocar miedo al punto de volver conservadora a gran parte de la sociedad?
- Sí, y con razón. Todos nos espantamos y decimos: “¿qué va a pasar con esto?”. Hay personas que son solidarias con el capitalismo y que derraman una lágrima cuando piensan que se va a caer. Pero tiene que ver con las deformaciones a las que hemos sido sometidos, con el bloqueo informativo y con la ignorancia. Buena parte de los miedos vienen de la ignorancia.
Imagínate que hoy en Buenos Aires hay personas que tienen pánico de salir a la calle porque está toda esta avalancha de desinformación que dice que te mueres, que en la esquina te asaltan cuarenta, y todos los que salimos decimos: “Pues debe ser que sí es un problema serio la inseguridad, pero no es ese Apocalipsis que pintan algunos medios”. Sin dudas que el terrorismo mediático juega un rol clave.
Una buena autocrítica implicaría preguntarnos por qué las fuerzas transformadoras, revolucionarias o de izquierda no hemos podido construir prestigio para nuestras ideas.
-Al analizar ese problema, ¿usted haría hincapié en lo discursivo?
- Sí, pero no solamente en el discurso, porque el relato tiene que ver con la acción. Si no hay correspondencia con los hechos, el relato por sí mismo acaba siendo ficción, evasión, ilusionismo. Creo que tiene que haber una correlación de avance político y en lo económico que tiene que estar acompañado de una construcción correcta del relato.
Por ejemplo, en Venezuela hay grandes avances en distintas actividades, pero no nos enteramos porque hay un bloqueo mediático brutal. Sumado a eso, hay grandes operaciones mediáticas, como la de este hombre que se hace llamar “periodista”, de apellido Lanata, que es un calumniador serial. Eso nos genera un gran problema, que es que el relato sobre los verdaderos logros no llega a darse.
La problemática comunicacional, por lo que nos bloquea, por lo que nos silencia, por lo que nos hunde en la ignorancia es un problema de seguridad regional.
Las cadenas mediáticas, los monopolios mediáticos están detrás de todos los golpes de Estado que hemos tenido. Hace unos meses, Manuel Zelaya me decía: “Mira, en lo que va del siglo XXI ya son siete los golpes de Estado en América Latina y atrás de todos: la operación mediática”. Los imperios mediáticos amenazan a Chávez, a Correa y a Cristina. O sea, es un escenario de complejidad continental. Por eso he venido insistiendo en una cumbre de presidentes en materia de comunicación. Es indispensable, como así también lo es un foro social de la comunicación que permita abordar los temas urgentes.
-¿Qué implicaría realizar esa cumbre de presidentes sobre comunicación?
- Por un lado, son muchos los millones de dólares que transferimos anualmente por razón tecnológica. Si nos volviéramos compradores organizados tendríamos fuerza política. Sólo hay que imaginarse lo que sería planificar las compras de tecnología para América Latina sobre un proyecto de desarrollo comunicación continental. Junto a eso discutamos leyes, porque el problema de los avances jurídicos en materia de comunicación es que están todos atomizados; Correa hace unos por allá, Chávez hace otros por su lado y Argentina por el suyo. Sería fundamental una gran alianza constitucionalista a nivel continental que nos dejara levantar el derecho de comunicación al nivel de derecho humano fundamental para que no se pueda seguir manejando como mercancía, como propiedad privada. Eso significaría un salto cualitativo.
Otro aspecto de la problemática dura para una cumbre de presidentes sería el problema de la soberanía de contenidos. Todavía no somos capaces producir nuestra agenda. No hay unidad continental de agendas. Ahorita mismo, si pudiéramos hacer una estrategia comunicacional de medios alternativos y comunitarios y de medios servicios públicos de los gobiernos podríamos advertir sobre la arremetida que viene de acá a diciembre contra Cristina, por la Ley de Medios, que va a ser infernal. Hoy el derecho legítimo de la población a escuchar a la Presidenta hablar en cadena nacional es un frente de críticas que no hemos sabido cómo contestar.
-Recientemente se dio que Jorge Lanata, en el programa que tiene en canal 13 y en su columna en el diario Clarín, realizó un ataque muy duro hacia el Presidente Chávez. Al mismo tiempo, la cadena TN difundió una supuesta encuesta que daba ganador a Capriles por tres puntos, cuando hasta las encuestadoras de la oposición reconocen que Chávez estaría entre 10 y 15 puntos arriba de su rival. ¿Cómo evalúa que en Argentina el medio monopólico más importante se haya metido de lleno en la campaña electoral venezolana?
- En realidad no es solamente Argentina. En esta danza está el Grupo Prisa de España, que es uno de los principales inversionistas en Repsol; está metida la British Petroleum, que tiene proyectos de inversión y explotación en todo el continente; está la CNN, Televisa de México, Globovisión de Venezuela, O Globo de Brasil, El Mercurio de Chile, Caracol de Colombia, y Clarín y la Nación de Argentina. Es decir, todo el catálogo de los medios golpistas en América Latina, todos están ensamblados en el mismo acuerdo. Cualquier cosa que anuncia Alberto Ravel (propietario de la cadena Globovisión) en Venezuela, la repite TN en Argentina y la levanta el Grupo Prisa en España. El mismo discurso lo replican continentalmente a través de sus distintos Lanatas, porque en el continente hay ochenta Lanatas, como hay ochenta Grondonas. Se repite ese esquema porque en todos lados necesitan voceros de ese calibre de servilismo.
La matriz se basa en decir que Chávez es un dictador, que es ineficiente y que profesa un autoritarismo de tufo comunista procubano –lo cual asusta mucho a ciertos sectores del gorilismo en todo el continente–,  aseguran que todo está crispado porque hay excesiva inflación y violencia y que Chávez tiene una cómplice que se llama Cristina, a la que le da órdenes como si fuera su jefe. Esa es la matriz con la que trabajan en todo el continente. Eso tiene un tufo al modelito Siria, al modelito Libia: fabrican algunos focos de supuesta insurrección de un pueblo que dicen que está harto de todo eso y en lugares como Zulia o Táchira siembran episodios insurreccionales, porque mercenarios para eso sobran. Y no estoy hablando de situaciones ficticias, acaban de detener en Venezuela a varios hombres que son de este perfil, formados en Estados Unidos, con experiencia de actividad terrorista, que se paseaban  por esa zona.
Para ese modelo necesitan estigmatizar a Chávez y eso produce repudio generalizado y miedo en aquellos que muerden ese anzuelo. He conversado con jóvenes que ni la deben, ni la temen; ni se enteran, ni saben, pero tú les preguntas qué piensan de Chávez y sin saber nada te dicen que le tienen miedo, que es un dictador y que es un autoritario, y cuando les cuentas el ejercicio democrático que tienen en Venezuela no te creen, porque no les ha quedado margen para darle crédito a eso.
- Los grandes medios también han construido un estereotipo del nuevo referente de la derecha, como es Peña Nieto en México, Capriles en Venezuela, Macri en Argentina…
- Y Santos en Colombia y Piñera en Chile. Todos tienen esa impronta de yupis, jóvenes empresarios, pulcros de la moral del capitalismo joven, algunos llegan a decir que son progresistas,  incluso juegan con vocabularios que no les son propios. El mismo Capriles dice que él es un hombre progresista, que tiene ideas de izquierda…
- En algún momento llegó a decir que su referente es Lula.
- Sí, y ya Lula dijo “¡No, por favor!”. Pero como te decía, el problema no es lo que ellos digan, el problema es cómo nosotros podemos contrarrestar esa ofensiva. Buena parte del trabajo es el archivo, la historia de estos personeros es absolutamente negra. Peña Nieto es el autor de uno de los actos represivos más terribles que México ha vivido en los años recientes, puso en evidencia las nuevas técnicas de la represión, que incluyen la violación de las mujeres por parte de la policía. No se nos va a olvidar Atenco. Estos tipos son criminales. Pero la protección que ha tenido por parte del aparato mediático mexicano - que es una de las mafias mediáticas más brutales de América Latina-  ha sido enorme.
Yo estoy convencido de que la alianza que va a hacer Peña Nieto con Santos y con Piñera, y probablemente con el presidente de Perú, Ollanta Humala, implique que estos cuatro países -que tienen tratado de libre comercio con Estados Unidos- se asocien para proponer que se resucite el cadáver del ALCA, que está enterrado aquí en Mar del Plata, que está sepultado porque Néstor Kirchner tuvo la fortaleza de decirles: “no nos prepoteen”. Pero estoy convencido que estos personajes van a venir a tratar de levantar su zombie, que tal vez tenga otro nombre, pero el mismo propósito.



Cacerolas, representación y liderazgo




Por Edgardo Mocca
Las marchas de protesta del 8 de noviembre fueron más numerosas que las anteriores del 13 de septiembre. El dato no es en sí mismo ni novedoso ni sorpresivo; es un producto del atractivo de una iniciativa exitosa y de enorme repercusión mediática. No indica necesariamente el vuelco de nuevos contingentes hacia una posición contraria al Gobierno, sino un mejor clima de movilización, un mayor entusiasmo en el interior de los sectores sociales ampliamente predominantes en la composición de estas acciones.
Un poco más significativo es, en cambio, el mayor grado de organización fácilmente perceptible en la puesta en escena de la protesta. Más moderación en las consignas que portaron los carteles y menos agresividad en los estribillos que se cantaron. Contra el lugar común tecnocéntrico que exalta el prodigio espontáneo del que son capaces los navegantes de las redes sociales, el hecho revela la existencia de formas muy concretas de dirección política del movimiento. La moderación, como se cansaron de aconsejar los “espontáneos” ámbitos donde se elabora el guión de estas manifestaciones, es necesaria para evitar la construcción de una imagen de odio e intolerancia factible de ser aprovechada por el Gobierno y sus adeptos. Nada que tenga por qué escandalizar a nadie: las nuevas configuraciones comunicativas pueden producir muchos milagros, pero no logran eximir a la acción política de la necesidad de contar con estructuras que las sustenten y les provean orientaciones generales. Claro que asumir la existencia de nodos centrales con roles de conducción en el idealizado universo de las redes sociales resulta incómodo para aquellos que construyen sistemáticamente la irreconciliable antinomia entre lo político como manipulación y lo espontáneo como expresión pura de la voluntad de “la gente”.
El repertorio de las consignas transitó, entonces, el último jueves el territorio de lo políticamente correcto. La libertad, la unión entre los argentinos, la democracia, el respeto por la ley ocuparon un curioso lugar en una manifestación claramente inscripta en una batalla cuyo único sentido conocido es la expresión del rechazo al gobierno nacional. Es decir, una movilización claramente antagonística, envuelta en el ropaje de valores abstractos, casi imposibles de contradecir desde la perspectiva de un ánimo de convivencia social civilizada. No faltó un cartel que rezara “basta de matar”, en lo que constituía de modo evidente un alegato dirigido a los autores de homicidios: el Estado puede, en el mejor de los casos, mejorar el nivel de protección de sus ciudadanos, pero de ningún modo eliminar el crimen. En el terreno de la demanda política sobresalió el reclamo contra la inflación y contra la inseguridad, en términos tan abstractos que difícilmente se pudiera estar en desacuerdo. En el mismo sentido, se demandó “libertad de expresión”, pero, curiosamente a pocos días de la fecha en que caducan las medidas cautelares tramitadas por el Grupo Clarín, no hubo ninguna mención a la ley de medios audiovisuales. Parece que los organizadores consideraron imprudente un encolumnamiento tan explícito con las huestes de Magnetto. Igual que, como decía Borges, el Corán no necesita de la presencia de camellos para adquirir color local, la marcha del jueves podía prescindir de una definición sobre la ley que estaba implícita en su contenido. Todo esto, claro está, no tiene sentido para quien siga creyendo que las marchas no tuvieron organizadores.
La gran pregunta sobre el 8N no es sobre el número de sus participantes, ni sobre su condición social predominante ni sobre el carácter organizado o no de su presencia: son muchos, su composición es de modo abrumadoramente mayoritario de clases altas y media-altas y el contenido de la actividad está organizado. El enigma es cómo impacta en el sistema político. En este punto, el sentido común mediático ha ido trazando su esquema interpretativo: se trata de una masa sin representación política, es necesario que surja un liderazgo que pueda expresarla y dirigirla. Algo así como un movimiento por etapas en la que a la iniciativa “espontánea” se van agregando las condiciones necesarias de representación y liderazgo. Por el tono de las expresiones que pudieron recogerse en la calle –contrariando la orientación de los organizadores de no hablar con el periodismo para no prestarse a la manipulación kirchnerista de sus dichos– la cuestión de la representación y el liderazgo de los movilizados no se presenta tan sencilla ni tan evolutiva. Lo que luce como el punto de unión más verosímil del estado de ánimo de esas multitudes es un ánimo de sospecha respecto de la política. Un rechazo que no es fácil atribuir a la falta de correspondencia de sus reclamos con el discurso público de la oposición: todo el universo antikirchnerista habla un lenguaje muy parecido al de los manifestantes a los que nos fue dado escuchar. Se oponen a la reforma constitucional y a la re-reelección, fogonean el clima de la inseguridad ciudadana, se rasgan las vestiduras con el problema de la inflación, agitan la cuestión de la corrupción en sus episodios reales, más o menos reales, o fugazmente inventados por algunos medios de comunicación, hablan del aislamiento argentino del mundo... No hay ningún desajuste importante a la hora del diagnóstico de las calamidades que estaríamos viviendo y, a pesar de eso, ninguno de los líderes opositores aparece hoy en condiciones de ejercer un liderazgo real sobre el movimiento.
Es que la cuestión del liderazgo aparece reducida a algo así como una tarea de selección de personal empresario, analogía que borra lo específico de la política. Liderar un proceso político es establecer un corte, construir un límite, un recorte de las fuerzas que actúan en una situación concreta. No alcanza para conseguir el sitio del liderazgo, el propósito de agregar aritméticamente voces diferentes que en su suma mecánica inclinarían la balanza en una dirección determinada. Justamente en la palabra “dirección”, en su pluralidad de significados, parece radicar una clave del problema: no hay una dirección dada del movimiento de la marcha hacia la cual tenga el líder que ponerse al frente. No hay una hoja de ruta a cuyo frente haya que colocarse. El líder es el que puede crear esa hoja de ruta. No, claro está, crearla de la nada sino a partir del material que la propia masa provee de modo inorgánico. El liderazgo es un atributo de la hegemonía. Significa la voluntad y la capacidad de construir rumbos, de fijar estrategias y tácticas, de establecer la amplitud y los límites de la unidad a alcanzar. El líder no tiene temor a cortar el cuerpo de la política: no busca el equilibrio mecánico de todo el arco de fuerzas que potencialmente puede seguirlo; más bien pone en tensión ese arco, de modo tal de asegurar las condiciones para dirigir al conjunto. El líder –esto es lo básico– no puede depender de ninguna fuerza ajena para establecer las consignas y los tiempos: es políticamente soberano o no es.
El país vive un liderazgo político específico; es el que nació del vacío y la confusión de nuestro comienzo de siglo. El kirchnerismo es el emergente hegemónico de la indignación de otras cacerolas, de aquellas que en diciembre de 2001 confluyeron con otras urgencias de otros sectores sociales golpeados por el múltiple derrumbe del neoliberalismo. Con el heterogéneo material que proveía la indignación del ahorrista de clase media estafado por el corralito y la desesperación del desempleo y las carencias básicas construyó el fundamento discursivo de su emergencia política. No hizo la suma mecánica de las muchas crisis que estallaron dentro de la gran crisis –la de la moneda, la de la producción, la del federalismo, la del orden político, entre tantas otras– sino que acudió al patrimonio de una añeja tradición política, el peronismo, para darle una inteligibilidad práctico-política a la crisis general. Es decir, no una interpretación académica ni tampoco una simple carta de reivindicaciones sectoriales, sino un relato histórico-político, capaz de darle sustento a una política de reparación de la emergencia y, a la vez de nutrirse de la experiencia transformadora, pensada, cada vez más, como parte de un proceso regional y mundial.
Ningún liderazgo es eterno. La historia, tarde o temprano, los agota, los supera y los sustituye. Pero la sucesión de liderazgos no es un acto arbitrario. Un nuevo liderazgo presupone un nuevo proyecto de país. Un proyecto que puede nacer solamente desde el reconocimiento del país real sin las anteojeras propias de la exaltación de los intereses particulares. Por ahora el movimiento de masas opositor carece ostensiblemente de esa brújula. Luce mucho más capaz de contribuir a la generación de climas de inestabilidad, funcionales a determinados grupos empresarios, que a constituirse como un gran actor colectivo de la democracia. Para el Gobierno, su emergencia es una gran oportunidad para mejorar sus dispositivos políticos y culturales en busca de su autosuperación.

El tema no es el número. Es su composición.




La cantidad de ingredientes analíticos dejados por el dichoso 8N puede ser tan enorme como reducida. Va a gusto de cada quien, según fuere que se prefiera describir o profundizar. Parece un tanto obvio señalar eso pero, a estar por mucho de lo leído y escuchado, no lo es. Si lo que se quiere es profundizar, a nuestro juicio la descripción jamás debe ser cuantitativa. Ni respecto del número de concurrentes, que fue enorme, ni acerca de las consignas que portaron.
De todas formas, antes de ingresar a ese terreno es necesario reparar en cierto dato, furibundamente objetivo, en torno del cual este periodista renuncia a toda pretensión de originalidad. Algunos colegas ya lo señalaron con énfasis gracias al modo en que dejaron servida la bandeja. En su editorial del mismo jueves, el diario La Nación cometió un sincericido. Recordó que su profesión de fe permaneció invicta en defensa de la democracia representativa, y nunca del asambleísmo callejero. Sin eufemismos, el jueves se metió su tribuna de doctrina allí donde se sabe y convocó formalmente a ganar el espacio público frente a lo excepcional de una situación de gravedad extrema. “Actuemos contra el miedo”, señaló. “Es necesario ser valientes cuando lo que está en juego es la República”, dijo el diario desde cuya usina rectora fueron entusiastamente generados y apuntalados cada uno de los golpes militares que sacrificaron al pueblo en nombre de sus privilegios. Ya sin partido castrense, no le quedó más que la renuncia a su escuela ortodoxa de Jockey Club. Llamó a competir en la calle, a poner el cuerpo. Quién te ha visto y quién te ve. Sin embargo, cómo no reconocerle a La Nación su sinceridad brutal. El hermano menor en términos de categoría periodística, de plumas con cierto vuelo, pero muy superior en la extensión de sus tentáculos e intereses afectados, todavía tiene el tupé de jugar a la impolutez del periodismo independiente. Una colega de Clarín escribió que la del jueves fue una “manifestación de gente herida, hastiada, humillada y ofendida”. Por todos los santos, ya que hablamos de una colega que supo militar en la religiosidad del extremismo de izquierda, ¿cómo hace –con qué reacción frente al espejo, digamos– para decir una cosa de esa naturaleza? Si a los ruidosos del jueves les adjudica carácter de penuria semejante, mientras circulaban con una libertad absoluta, amplificados por una virtual cadena nacional de medios privados y estatales, ¿qué tendría que decir del pueblo victimado en la dictadura?
Lo notable, decíamos, es que la colega se anima a incurrir en esa obscenidad desde una pretensión de independencia periodística. Allí, el símbolo de la diferencia entre La Nación y Clarín. El primero quema todas las naves que deban quemarse, incluso violando uno de sus íconos más preciados: de nunca en la calle, que es de zurdos y peronistas, a competir en ella. Oligarquía intelectual-afrancesada, llamaríamosle. Clarín, en cambio, es un busca que vende baratijas pero capaz de seguir poniéndole ficha a la corrección de la inocencia. Oculta esa estirpe feriante por la que todo consiste en no quedarse sin Cablevisión, ya expropiados su negocio futbolístico y sus AFJP. Con ejes como aquél del editorial de La Nación, que suscribió ese “doctrinariamente no me gusta un pito pero está bien, vamos a la calle”; como el de El Grupo, que llegó a ubicar cámara en la central de monitoreo de la Policía Metropolitana para no perderse detalle de delectación con la muchedumbre; como el de los dirigentes político-sinónimos que no se animaron a cacerolear cual tales pero sin privarse de convocar a la marcha, la columna de Sandra Russo en Página/12 del viernes pasado los resumió, a todos ellos, en un título aplastante, indesmentible, casi hasta el punto de no tener necesidad de leer el artículo completo: “Bienvenidos a la militancia”. Porque es eso. No careteen más. No resiste. Imiten a La Nación, que lo editorializó. La dirigencia opositora no se animó a poner la cara, pero sabe que no tiene retorno para disfrazarse. Y Clarín, el cigüeñal supremo con el 7D encima, termina siendo el único que pretende ese candor insuperable de la frase de Osvaldo Soriano puesta en boca de Gatica, El Mono: “Yo de política no entiendo nada, yo soy peronista”.
Queda el lugar para la diferencia entre describir y profundizar. Yendo en ese orden, respetando escrupulosamente el colectivo social que difundió el ideario opositor, la descripción fue y es –y es correcto, de acuerdo con los testimonios recogidos y pancartizados– que una marea humana reclamó a ciegas contra la inseguridad. Por la Fragata Libertad. Contra la inflación. Por la Justicia. Contra la re-reelección. Por la libertad de prensa. Contra la corrupción. Por la libertad y listo. Contra la soberbia de Cristina. Por la República. Contra que un juez otorgue salida condicional a un violador. Por la independencia de poderes. Contra Moreno. Por un Consejo de la Magistratura sin presiones. Contra Boudou. Por la Patria. Contra los planes sociales. Por la bandera argentina. Contra la droga. Por comprar dólares libremente. Contra los vagos y los pibes-chorros que toman cerveza que pagamos todos. Por salir del país si se me canta.
Perfecto. Pero lo que sigue es la ingeniería política de darle a todo eso una resultante que no sea suma cero. O lo que Horacio González definió como una masa abstracta. Encontrarle a esa multitud, sin siquiera examinar su pertenencia de clase media mayormente acomodada, un sentido de comunidad. Algo que exceda a la sensación de individualidades o familias que salieron a marchar no por lo que le pasaría al país sino porque lo que me pasa a mí y a los míos o, aunque repique extremadamente antipático, por lo que los medios me dicen que me pasa. Esto último merece consideración especial porque, como concepto a secas, se presta a tergiversaciones jodidas. Cuando quienes se manifiestan en forma multitudinaria son las masas correspondientes al palo ideológico propio, uno refuta con toda su voz la acusación de que salen a mostrarse por obra de programas de ayuda, viandas, entregas materiales y añadiduras del decálogo gorila. Uno defiende que ganan la calle por convicción, por alegría, por agradecimiento o por bronca auténtica. De última, porque tienen el derecho de hacerlo como clase oprimida y se acabó. Con criterio análogo, mal podría afirmarse que la multitud del jueves salió a protestar arrastrada de las narices por, nada más, la prédica de los medios. Es cierto, sí, que llamaron la atención tantas declaraciones y eslóganes repetitivos, textualmente, de aquello con que los medios machacan. “A Clarín hay que elegirlo todos los días.” “Vengo acá porque presionan a la Justicia.” “No quiero que usen la plata de los jubilados.” “Nos vamos a quedar sin medios independientes.” “Ella dijo que hay que tenerle miedo.” Y otros etcéteras muy tentadores para largarse a decir que esas cantinelas mediáticas son el choripán de la tilinguería. Pero no. No hay que caer en esa tentación. No hay que preguntar quién pagó los globos; ni las banderitas que entregaban de a miles; ni la iluminación del Obelisco; ni las camionetas que repartían latas de dulce de batata; ni el camión con pantalla gigante que proyectaba imágenes de Cristina en discursos editados. Nada de eso, porque nada de eso altera que toda esa gente salió a la calle auténticamente embroncada. Que representó a sus intereses de clase, reales o simbólicos. Que aprendió que salir a la calle es una forma legítima de reclamar. No tienen volumen golpista, porque si lo tuvieran –se copia a Ricardo Rouvier– tendríamos que estar preparando un nuevo exilio. Son, para reiterarse a sí mismo, gente incapaz de tolerar que los de abajo hayan subido un poquito. Y son muchos. Siempre fueron muchos. Son la encarnadura de un país inmensamente rico. Lo demostraron redobladamente. Nosotros, los del palo contrario, también somos muchos. Pero eso no amerita ignorar la magnitud de la gente que el jueves salió a manifestarse en total libertad. Fueron un montón. La 9 de Julio era realmente una alfombra tapizada de multitud. No metamos los goles con la mano. No ignoremos. No minimicemos. Los kirchneristas que secundarizan el número de manifestantes, prendiéndose al cálculo de si cien mil, doscientos mil, medio millón o la cantidad que fuere, le erran fulero al vizcachazo.
El tema no es el número. Es su composición. Es la capacidad de poder unificar consignas, superadoras de estar a favor de la felicidad. Es cuáles y no cuántos pibes les responden a su ambigüedad. Es cuánta gente humilde. Es de quién se agarran. Es que digan cómo. Es que la militancia que asumieron no consista en un 8N cada tanto o en acumular puntos de rating los domingos a la noche. Es si pueden exponer que no quieren ir para atrás. Porque si quieren ir para atrás, hay mucha más gente significativa que está dispuesta a mantenerse adelante.